Sábado 11 de Julio de 2026

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PYMES MANUFACTURERAS AL LÍMITE: advierten que ya no tienen margen para resistir la recesión

Por: Carlos Rodriguez

Un informe sectorial advirtió que la crisis fabril podría dejar más de 100.000 puestos de trabajo menos en 2026. Mientras Vaca Muerta y los sectores extractivos baten récords, las pequeñas y medianas industrias dicen estar al límite.

La industria manufacturera atraviesa una nueva etapa crítica, marcada por la caída del consumo, el aumento de los costos energéticos, la presión de las importaciones y la pérdida de empleo formal. El escenario, que el Gobierno intenta presentar como parte de una estabilización económica, es leído por el sector productivo como una crisis profunda que amenaza la continuidad de miles de puestos de trabajo.

El aumento de las tarifas de energía, la retracción de la demanda interna y una leve mejora mensual de la producción en mayo, celebrada por el ministro de Economía, Luis Caputo, como una señal de amesetamiento, encendieron un nuevo foco de tensión entre el Gobierno y los industriales.

“Echamos empleados todos los días y no solo pasa en las pymes”, advirtieron referentes fabriles que participan tanto dentro como fuera de la Unión Industrial Argentina.

El sector industrial, uno de los principales generadores de empleo formal en el país, atraviesa una depresión que se agrava al observar la evolución de la última década, incluso si se incorpora el impacto extraordinario de la pandemia.

La recesión golpea con fuerza a las pequeñas y medianas empresas manufactureras, que tienen menos margen financiero para resistir la caída de ventas, el encarecimiento de los costos y la pérdida de competitividad frente a productos importados.

El modelo económico impulsado por Caputo y Javier Milei muestra una fuerte asimetría. Mientras los sectores extractivos, especialmente petróleo, gas y minería, aparecen como los grandes ganadores por el aumento de exportaciones y la consolidación de Vaca Muerta, el entramado industrial ligado al mercado interno enfrenta una combinación cada vez más difícil de sostener.

“Estamos atravesando momentos de crisis total, a la espera de cambios estructurales que tardan mucho en llegar, como la reforma tributaria. El Fondo Monetario Internacional la pide, pero el Gobierno no la implementa porque recauda menos y porque sabe que las empresas de Vaca Muerta y los proyectos tecnológicos pedirán más beneficios”, advirtió el dueño de una empresa con negocios diversificados.

El empresario resumió el clima que atraviesa a parte del sector productivo: “Si me funden en una fábrica, me mantengo con otra. Pero los empleados son cada día menos”.

Los datos confirman el deterioro. El Índice de Producción Industrial manufacturero registró en mayo una caída interanual del 5,7 por ciento. Aunque el indicador general mostró una leve mejora mensual desestacionalizada del 0,4 por ciento, la consultora I+D, dirigida por el exintegrante de la Unión Industrial Argentina Diego Coatz, advirtió que “el sector acumula una caída del 3,1 por ciento en lo que va de 2026 y se ubica un 14,5 por ciento por debajo de su pico de la última década”.

Ante ese cuadro, el informe proyectó una pérdida de 105.000 empleos durante todo el año, de los cuales 60.000 serían directos y 45.000 indirectos.

La cifra expone el impacto social de una política económica que, al priorizar el equilibrio fiscal y la rentabilidad de sectores concentrados, deja sin respuestas a una parte central del aparato productivo.

Las plantas industriales operan con una capacidad ociosa cercana al 40 por ciento. Esa situación obliga a muchas empresas a vender incluso para cubrir costos fijos, con márgenes cada vez más estrechos y menor capacidad para sostener dotaciones de personal.

La consultora Qualy sostuvo que la actividad atraviesa un escenario contractivo, condicionado por una demanda interna debilitada y una competencia creciente de productos importados.

Para muchas firmas, especialmente pequeñas y medianas empresas, la apertura comercial y el retraso en la recuperación del consumo configuran una presión difícil de absorber.

En ese contexto apareció la definición de “efecto sándwich”, utilizada por los técnicos de I+D para describir una dinámica en la que la demanda cae, los precios industriales tienen poco margen para recomponerse y los costos suben con fuerza.

El impacto tarifario fue uno de los factores más determinantes. Según el informe, el precio de la energía eléctrica para grandes usuarios aumentó 79 por ciento, al pasar de 79 dólares por megavatio hora a 140 dólares sin contrato de compraventa de energía. El gas, en tanto, registró subas de entre el 30 y el 50 por ciento.

La comparación con los precios de salida de fábrica muestra el desbalance. Mientras los costos energéticos crecieron con fuerza y la inflación general acumuló un 33,2 por ciento, los valores industriales avanzaron apenas 25,6 por ciento.

Esa brecha comprimió todavía más la rentabilidad de las empresas manufactureras.

El entramado pyme absorbió el ajuste con mayor severidad. El índice productivo del sector retrocedió 7,3 por ciento interanual en mayo. Qualy atribuyó ese deterioro a que “las pymes industriales acumulan stocks y conviven con elevados niveles de capacidad instalada ociosa”.

El Observatorio Pyme también advirtió sobre la magnitud del problema: la caída de las ventas aparece como la principal preocupación para el 83 por ciento de las firmas.

La menor demanda no solo afecta la facturación, sino también la cadena de pagos y la capacidad de financiar capital de trabajo.

El informe de I+D alertó además sobre un deterioro financiero creciente. El retraso en el pago de clientes saltó del 35 al 60 por ciento, mientras que la mora crediticia de las familias pasó del 3,7 al 12,1 por ciento. En las empresas, la mora subió del 0,9 al 3,3 por ciento.

Ni siquiera el impulso puntual del Mundial de fútbol logró modificar la tendencia de fondo. Las ventas minoristas pyme crecieron apenas 0,9 por ciento interanual en junio, un comportamiento que Qualy vinculó con el cobro del aguinaldo y el movimiento comercial asociado al torneo.

Sin embargo, la medición mensual desestacionalizada mostró una caída del 1,3 por ciento. El dato confirma que el presupuesto familiar sigue limitado y que los hogares priorizan consumos puntuales, mientras postergan la compra de bienes durables.

La crisis también impacta en sectores dinamizadores del empleo urbano. En la construcción, los despachos de cemento cayeron 1,2 por ciento interanual en mayo y profundizaron la baja al 1,4 por ciento en junio.

Los analistas de Qualy advirtieron que la actividad enfrenta una nueva normalidad, con costos de edificación más altos y márgenes más comprimidos, ya que “la baja de costos en dólares quedó atrás”.

Por esa razón, el ecosistema desarrollador mantiene una postura de cautela y reclama financiamiento para reactivar proyectos. La parálisis de la obra pública nacional y la falta de crédito accesible agravan el freno de un sector que suele traccionar empleo, insumos y actividad en múltiples ramas.

La industria automotriz también acompañó el deterioro fabril. Durante junio, la producción nacional de las terminales cayó 13,6 por ciento interanual, mientras que las exportaciones bajaron 11,3 por ciento mensual.

Aunque las ventas mayoristas repuntaron 22,6 por ciento en el mes, impulsadas por un fuerte incremento en la demanda de vehículos eléctricos, el balance interanual siguió mostrando una baja profunda del 26,3 por ciento.

La contracara del hundimiento manufacturero aparece en los sectores extractivos. Los registros oficiales mostraron que las exportaciones alcanzaron en mayo un récord histórico de 9.537 millones de dólares, impulsadas por una suba del 167 por ciento en combustibles y energía.

La extracción total de petróleo creció 18,4 por ciento interanual, traccionada por un salto del 37,4 por ciento en el hidrocarburo no convencional. Qualy remarcó que se consolidó el desarrollo a escala de Vaca Muerta, que concentró el 77,2 por ciento de los barriles nacionales.

Ese contraste deja expuesto el perfil del modelo económico. Mientras las actividades vinculadas a la extracción de recursos naturales y la exportación muestran números positivos, las pequeñas y medianas industrias, el comercio y los sectores orientados al mercado interno sufren la caída del consumo, el encarecimiento de costos y la pérdida de empleo.

La dualidad también se refleja en los balances empresariales. Mientras Molinos Río de la Plata reportó ganancias tras reducir gastos, Morixe registró pérdidas en medio de un contexto recesivo. A su vez, el sector bancario, con entidades como Banco Macro y Grupo Financiero Galicia, y la energética CGC mostraron fuertes utilidades.

La rentabilidad de esos sectores no derrama sobre el entramado industrial pyme, que continúa enfrentando menos ventas, más costos y mayores dificultades financieras. Para buena parte de la industria, el supuesto orden macroeconómico que celebra el Gobierno se traduce en plantas semiparalizadas, despidos, caída de márgenes y un futuro incierto.

El “efecto sándwich” sintetiza esa crisis. Las empresas quedan atrapadas entre una demanda que no reacciona, costos que suben por encima de sus precios y un mercado interno debilitado por el ajuste sobre salarios, jubilaciones y empleo.

Mientras el Gobierno exhibe récords de exportación en energía y apuesta a los sectores extractivos como motor de la economía, la industria manufacturera advierte que no tiene margen para seguir resistiendo.

La consecuencia ya empieza a verse en el empleo formal, donde el ajuste deja de ser una estadística y se convierte en despidos concretos.

El contraste es cada vez más marcado: Vaca Muerta bate récords, los sectores concentrados muestran balances positivos y las pequeñas y medianas fábricas quedan atrapadas en una recesión que amenaza con profundizarse. En ese escenario, las pymes manufactureras advierten que el límite ya llegó.

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