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CIENTÍFICOS CON LAS VALIJAS LISTAS: el ajuste de Milei empuja a una nueva fuga de cerebros

Por: Carlos Rodriguez

Jóvenes investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas denuncian salarios hundidos, becas caídas, falta de insumos y ausencia de futuro. Muchos ya emigraron y otros preparan su salida.

Ser joven científico en la Argentina se convirtió en una misión cada vez más difícil. En los laboratorios del país se repite una escena silenciosa, pero profunda: investigadores formados durante años por el sistema público empiezan a buscar oportunidades en el exterior ante la falta de fondos, el deterioro salarial, la caída de becas y la ausencia de un horizonte profesional.

La fuga de cerebros no ocurre de un día para el otro ni siempre aparece como una estampida. Muchas veces se da por goteo, de manera lenta y casi invisible. Pero alcanza con recorrer institutos, hablar con becarios y escuchar a quienes trabajan en ciencia para advertir que la sangría de recursos humanos altamente calificados ya está en marcha.

El gobierno de Javier Milei volvió a poner al sistema científico en el centro del ajuste. A los despidos, la falta de subsidios y el recorte de fondos se sumó una nueva decisión que golpeó especialmente a los más jóvenes: la no renovación de 379 becas doctorales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.

Para las autoridades, el argumento vuelve a ser el mismo: “cuidar el déficit fiscal”. Para los investigadores, en cambio, la medida implica algo mucho más concreto: quedar afuera del sistema después de años de formación, trabajo y expectativas construidas alrededor de una carrera científica.

Durante la gestión de Milei, los salarios de investigadores y becarios del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas cayeron alrededor de un 40 por ciento. Según estimaciones del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación, el sistema nacional de ciencia y técnica perdió más de 6.000 empleos desde diciembre de 2023.

De ese total, aproximadamente la mitad corresponde a becarios e investigadores del organismo que dejaron sus puestos. La frase del biofísico y becario posdoctoral Agustín Ormazábal resume el clima que atraviesa a una generación entera: “A esta altura, de mi camada, son más los que se fueron que los que se quedaron”.

El diagnóstico que circula en el sector es cada vez más duro. Algunos hablan de “cientificidio”; otros, de una “generación científica perdida”. Detrás de esas expresiones aparece una preocupación concreta: el país invierte durante años en formar científicos, pero luego no les ofrece condiciones mínimas para que puedan desarrollar sus carreras.

La mayoría de los jóvenes investigadores se forma en universidades públicas. Allí realiza licenciaturas, maestrías y doctorados, y construye las herramientas necesarias para dedicarse a la investigación. Ese recorrido puede demandar entre 10 y 15 años de inversión pública, esfuerzo personal y trabajo académico.

El problema aparece cuando esos científicos llegan a los 35 o 40 años, justo en el momento en que podrían empezar a devolverle al país todo lo aprendido mediante investigaciones, desarrollos y transferencia de conocimiento. En lugar de encontrar estabilidad, se enfrentan a becas que no se renuevan, salarios deteriorados, laboratorios sin fondos y un sistema que parece expulsarlos.

La consecuencia es doble. Por un lado, los investigadores pierden la posibilidad de continuar una carrera para la que se prepararon durante años. Por el otro, el país se queda sin talentos formados con recursos públicos, en áreas estratégicas para la salud, la tecnología, la producción, la industria y el conocimiento.

La vida cotidiana en los laboratorios también se volvió una carrera de obstáculos. Faltan insumos, los equipos se rompen y no se reparan, los subsidios no alcanzan o directamente no llegan, y los científicos deben apelar a estrategias de supervivencia para sostener experimentos básicos.

En muchos institutos se organizan fondos comunes para que quienes tienen menos recursos puedan continuar sus trabajos. Lo que durante años se presentó como una virtud de la ciencia argentina, esa capacidad de “hacer ciencia con dos pesos”, hoy aparece como un límite extremo. La creatividad ya no alcanza cuando faltan reactivos, equipamiento, salarios dignos y condiciones mínimas para investigar.

El inmunólogo Facundo Di Diego describe un escenario cada vez más cuesta arriba. “En la mayoría de los laboratorios el día a día es muy cuesta arriba, tanto por la falta de fondos como por el bajo salario y las malas condiciones. Se estira la vida útil de los reactivos, se reducen experimentos, se deja de ir a congresos afuera y se empeoran las condiciones generales”, explicó.

La precarización también empuja a muchos investigadores a buscar ingresos por fuera de su profesión. “Si bien es posible completar con docencia universitaria, es una actividad igualmente devaluada. También se pueden dar clases particulares, o bien, otras actividades no relacionadas con la profesión. Conozco muchos que después de hora hacen Uber o Rappi. Yo mismo lo consideré”, agregó Di Diego.

La becaria posdoctoral Mercedes Pastorini, especializada en virus del papiloma humano y cáncer, también advierte sobre el deterioro de las condiciones de trabajo. Según explicó, la posibilidad de avanzar en una investigación depende cada vez más de si el laboratorio cuenta o no con financiamiento externo.

“Todo depende de si tu laboratorio tiene o no financiamiento. Pero, de cualquier manera, se planifica todo una y mil veces. No se hacen experimentos sin estar completamente seguros de que son los correctos. Todos los recursos los exprimimos al máximo”, señaló.

La falta de recursos no solo afecta la investigación. También golpea sobre la vida laboral, la cobertura médica y la estabilidad personal de los becarios. En distintas regiones, los jóvenes científicos denuncian prestaciones irregulares, salarios que no alcanzan y una creciente sensación de abandono.

Manuel Crespo, investigador dedicado a la cronobiología, tiene una beca doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas que se extiende hasta marzo de 2027. Desde esa posición, describe un presente marcado por el desfinanciamiento.

“La situación actual es muy complicada, porque hay un brutal desfinanciamiento que pega por todos lados. Nuestros sueldos están casi congelados desde diciembre de 2023, porque prácticamente no recibimos aumentos. Actualmente, cobramos menos de 1.200.000 pesos. No tenemos subsidios con los cuales trabajar, no tenemos dinero para hacer experimentos; entonces hay que dejar de hacerlos o cambiarlos por otras estrategias menos ambiciosas”, afirmó.

Ante ese panorama, la posibilidad de emigrar dejó de ser una alternativa lejana y se convirtió en una opción concreta para muchos jóvenes talentos. Algunos ya se fueron. Otros envían correos a laboratorios del exterior, activan contactos internacionales y preparan el terreno para una salida que no siempre desean, pero que empiezan a ver como inevitable.

Crespo contó que pudo obtener una beca del gobierno de Brasil para trabajar durante seis meses en un laboratorio de ese país. Allí logró realizar experimentos que en la Argentina no podía concretar por falta de recursos.

“Por suerte obtuve una beca del gobierno de Brasil y me fui seis meses a un laboratorio de allá y pude concretar algunos experimentos que acá no hubiera podido hacer. No eran ensayos demasiado caros, pero estamos tan desmantelados que no se podían hacer en Argentina”, relató.

Su deseo, sin embargo, no era irse definitivamente. “A mí me gustaría quedarme, pero lamentablemente estamos entre la espada y la pared. Nos están echando directamente. Muchos se van afuera o pasan al sector privado”, sostuvo.

Di Diego atraviesa una situación similar. Consiguió una beca por seis meses, con posibilidad de extenderla por otros seis, para trabajar en una patente. Pero admite que la inestabilidad es demasiado grande y que, cuando termine esa instancia, probablemente busque continuar su carrera fuera del país.

El pase al sector privado tampoco aparece como una salida garantizada. Muchos científicos lo consideran porque emigrar con una familia ya formada resulta más difícil, pero el estancamiento económico también achica esas oportunidades. A diferencia de otros años, cuando las empresas incorporaban investigadores rápidamente por su alta calificación, hoy los puestos son menos y la demanda laboral está más restringida.

La historia de la biotecnóloga Melisa Lamberti muestra el camino que varios ya tomaron. Sin un horizonte claro en la Argentina, decidió irse. “En diciembre de 2023 conseguí un lugar en un laboratorio en la Universidad de Miami. Ahora sigo haciendo mi postdoctorado en esta institución. La verdad es que no quiero volver a Argentina porque seguir en la academia está muy difícil. No hay subsidios, no podés investigar y sería volver para quedarme estancada”, contó.

La comparación con las condiciones de trabajo en el exterior es contundente. “Todo el trabajo que hice en Miami en dos años y medio hubiera sido imposible en Argentina, cuando no hay plata para comprar los insumos más básicos”, agregó Lamberti.

Juan Ispizúa también emigró. Realiza su postdoctorado en la Universidad de Washington, donde estudia cómo el sistema nervioso se adapta luego de traumas como las amputaciones de miembros. Su formación fue en neurobiología y su idea original era hacer una experiencia afuera para luego volver al país.

“Me fui de Argentina a finales de 2024 con una beca bastante prestigiosa que me permite trabajar en un laboratorio afuera. Mi idea siempre fue hacer un posgrado en el exterior para vivir la experiencia de formarme en otro país con otro acceso a la tecnología, con el proyecto de volver e intentar democratizar ese acceso”, explicó.

Pero el contexto argentino modificó esos planes. “Al terminar mi doctorado, ese deseo se volvió imperativo: quedarse en el país significaba no solo perder oportunidades formativas y continuar un estilo de vida ya de por sí magro, sino que las pocas oportunidades que existían estaban escaseando. El gobierno anticiencia de Milei ya daba pasos firmes de desfinanciamiento masivo de proyectos de investigación”, afirmó.

Las historias de Di Diego, Pastorini, Crespo, Lamberti e Ispizúa son apenas algunos ejemplos de una situación que se repite en distintas áreas del sistema científico. Detrás de cada caso hay años de formación, investigaciones en marcha, proyectos truncos y una decisión que el país parece estar tomando sin medir sus consecuencias.

No se trata solo de socializar lamentos que ocurren puertas adentro de los laboratorios. El problema es mucho más profundo: los jóvenes investigadores son quienes sostienen buena parte del funcionamiento cotidiano de la ciencia local. Son los que ejecutan experimentos, producen datos, publican trabajos, forman equipos y mantienen activos los engranajes del conocimiento.

Si esos engranajes dejan de moverse, la producción científica se frena. Y cuando un país expulsa a quienes formó durante años, no solo pierde investigadores: pierde soberanía, innovación, capacidad tecnológica y futuro.

En la Argentina de Milei, muchos jóvenes científicos ya no discuten cómo continuar una línea de investigación, sino dónde podrán seguir trabajando. Algunos todavía resisten en los laboratorios, otros ya emigraron y varios preparan las valijas.

El cartel de Ezeiza, para una generación que soñaba con hacer ciencia en su país, aparece cada vez más cerca.

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