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A 11 AÑOS DE NI UNA MENOS: una multitud volvió a las calles y los recientes femicidios reavivaron el reclamo de justicia
Miles de mujeres y diversidades se movilizaron frente al Congreso en un nuevo aniversario de Ni Una Menos. Los casos de Agostina Vega, Dulce Candia y Noelia Rivero atravesaron una jornada cargada de emoción, testimonios y pedidos urgentes de prevención y protección.
Once años después de aquella histórica movilización que marcó un antes y un después en la agenda pública argentina, miles de personas volvieron a concentrarse este miércoles frente al Congreso Nacional para participar de una nueva marcha de Ni Una Menos y renovar el reclamo contra la violencia de género.
La convocatoria reunió a mujeres de distintas generaciones, organizaciones sociales, agrupaciones estudiantiles, sindicatos, familiares de víctimas y ciudadanos que volvieron a ocupar las calles con una consigna que, más de una década después de su nacimiento, continúa interpelando a toda la sociedad.
La jornada estuvo atravesada por el impacto de los recientes femicidios de Agostina Vega, en Córdoba; Dulce María Candia, en Misiones; y Noelia Rivero, en Temperley. Sus nombres aparecieron en pancartas, banderas, remeras y carteles que acompañaron gran parte de la movilización.
Sin embargo, la marcha también estuvo marcada por cientos de historias personales que afloraron entre quienes participaron de la convocatoria. Muchas mujeres compartieron experiencias vinculadas a situaciones de violencia, abusos, discriminación y silencios que durante años permanecieron ocultos en ámbitos familiares, educativos o laborales.
Entre las asistentes se encontraba Jeni, una joven de 22 años oriunda de Monte Grande que participó por primera vez de una movilización de Ni Una Menos. Lo hizo acompañada por varios integrantes de su familia y atravesada por una situación particularmente dolorosa: mantenían una relación cercana con Noelia Rivero, una de las víctimas de femicidio que conmocionó al país en los últimos días.
Como ocurrió en otras ediciones, buena parte de las conversaciones giró en torno a las dificultades que todavía persisten para hablar sobre las distintas formas de violencia de género dentro de los espacios cotidianos.
Muchas participantes coincidieron en que aún existen barreras culturales que dificultan identificar, denunciar y enfrentar situaciones que durante décadas fueron naturalizadas o minimizadas.
Docentes, estudiantes y trabajadoras señalaron que una parte fundamental del desafío continúa siendo la construcción de ámbitos donde niñas, adolescentes y mujeres puedan expresar situaciones de violencia sin temor y acceder a herramientas de acompañamiento y contención.
En ese marco, varias educadoras destacaron la importancia de la Educación Sexual Integral como una herramienta para promover vínculos saludables, prevenir abusos y generar espacios de reflexión dentro de las escuelas.
Al mismo tiempo, expresaron preocupación por la continuidad y el fortalecimiento de las políticas públicas destinadas a la prevención, asistencia y protección de personas que atraviesan situaciones de violencia.
Los relatos que surgieron durante la movilización también incluyeron historias de abuso sexual en la infancia, violencia doméstica, hostigamiento laboral y acoso callejero. Muchas mujeres señalaron que recién pudieron hablar de esas experiencias años después de haberlas sufrido.
La presencia de familiares de víctimas volvió a aportar uno de los momentos más emotivos de la jornada.
Entre ellos estuvo Mariana Bogado, hermana de Micaela, una mujer asesinada por su pareja hace cinco años. Con una fotografía de su hermana entre las manos y acompañada por su hijo, recorrió las inmediaciones del Congreso para mantener vigente el reclamo de memoria y justicia.
A medida que avanzaba la tarde, las calles se poblaron de columnas de organizaciones sociales, agrupaciones feministas, sindicatos y centros de estudiantes. Sin embargo, también hubo numerosos grupos de amigas, vecinas y familias que participaron de manera independiente, compartiendo carteles confeccionados a mano y mensajes personales vinculados a sus propias historias.
Uno de los planteos que se repitió durante la movilización fue la necesidad de involucrar más activamente a los hombres en la discusión sobre las violencias de género.
Muchas participantes sostuvieron que la transformación cultural requiere no solo de políticas públicas y marcos legales adecuados, sino también de una mayor participación de padres, hermanos, parejas, compañeros de trabajo y amigos en la revisión de conductas y prácticas que históricamente fueron naturalizadas.
A once años del primer Ni Una Menos, la movilización volvió a demostrar la vigencia de una demanda que atraviesa generaciones y territorios.
Con nuevas jóvenes sumándose a la convocatoria, familiares que continúan reclamando justicia por las víctimas y miles de personas exigiendo respuestas concretas, las calles volvieron a convertirse en el escenario de un reclamo que mantiene la misma fuerza que en 2015: construir una sociedad libre de violencia de género y garantizar que ninguna mujer tenga que vivir con miedo.
